Categoria: Miscelanea

Toledo es una ciudad necrópolis si tenemos en cuenta la superficie que ocupan en ella los edificios religiosos y que todos fueron utilizados como cementerios, tanto parroquiales como monásticos, encontramos una gran concentración de espacios funerarios.

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Historia

Las iglesias en nuestra cultura no las asociamos al cementerio, ya que este recinto esta fuera del casco urbano, como ocurrió en otros tiempos, no sólo para los cristianos, sino para musulmanes y judíos. La costumbre de enterrar fuera de lugar poblado se recoge en las antiguas leyes romanas que prohibían los cementerios, incluso la incineración de los cadáveres, en el recinto urbano. El cristianismo primitivo conservó esta costumbre que poco a poco se iría modificando. Los cristianos quisieron ser enterrados bajo la protección de las tumbas de los mártires, sobre las que posteriormente levantaron basílicas e iglesias. La expansión de los núcleos urbanos, terminó en muchos casos, rodeando los cementerios exteriores conformando un espacio parroquial destinando a estos dentro de la ciudad, pero no dentro de las iglesias, lugares reservados a clérigos o laicos de relevancia. Las partidas Alfonsíes dicen que se diera sepultura a los cuerpos de los cristianos cerca de las iglesias y no en lugares yermos y apartados de ellas, por los campos, como bestias, diferenciando en ello el cementerio cristiano del judío o musulmán. En las mismas Partidas se establece ya que al construirse cualquier iglesia debe señalarse un espacio con medidas precisas para el fonsario, que al ser un lugar abierto cercano a plazas y lugares públicos, también fuera considerado como lugar de comercio, reunión o diversión. En la Edad Media, muchos reyes se enterraron en los atrios de las iglesias. Otros se construyeron panteones en monasterios y catedrales, y en el siglo XIII era privilegio de algunas familias poderosas procurarse sus enterramientos en conventos fundados por ellos o adquiriendo capillas o criptas. En el siglo XIV y XV se produjo la jerarquización del espacio sagrado (no era lo mismo enterrarse junto al altar que a los pies, lugar reservado a los pobres); la construcción de capillas laterales con altares evitó la concentración en torno al presbiterio. En el siglo XVI todas las iglesias ya eran cementerios comunes con todo su pavimento cubierto de sepulturas, donde el incienso y el encalado trataban de conservar algún tipo de higiene. Al ser un espacio limitado, fue frecuente las "mondas" o levantamientos de cadáveres para enterrar a otros, de tal manera que en las paredes exteriores se excavaron fosas comunes, llamados "carneros". Todo este proceso puede seguirse en Toledo desde la época visigoda. Hay noticias de enterramientos en el interior de la iglesia de Guarrazar, donde apareció la tumba del presbítero Crispín; o en Melque. Los mozárabes tuvieron sus cementerios junto a las iglesias y poco después de la reconquista de la ciudad, hay constancia de la existencia de cementerios parroquiales. Las Momias Las momias son cadáveres que han sufrido disecación con algún sistema artificial, proceso natural o patológico, logrando paralizar o limitar la corrupción. Existe una momificación espontánea que surge cuando se expone el cadáver a unos ambientes determinados de sequedad, ventilación, calor...Este proceso es el que aparece en Toledo, ya que no hay momias manipuladas por el hombre, salvo los cadáveres de algunos arzobispos sometidos a procesos de mantenimiento para retrasar su putrefacción mientras durasen las prolongadas exequias o traslados. Este proceso natural esta constado en una de las momias mas antiguas conservadas en la ciudad, la de Sancho IV de Castilla, muerto, víctima de la tisis el 25 de abril de 1295 a los treinta y seis años. El cuerpo real fue depositado en una tumba de la catedral, y después de diversos traslados, acabó definitivamente en la Capilla Mayor, donde hoy se encuentra. Este sepulcro se abrió en 1947. Don Juan Francisco Rivera, canónigo archivero, describe así este acto " apareció el cadáver de un hombre de elevada estatura, que ostentaba, además, una corona eslabonada con una franja de ocho eslabones sostenida por un barbuquejo que le pasaba por el mentón. El cadáver, momificado y en excelente estado de conservación, estaba desnudo de cintura para arriba y llevaba una especie de braga o calzoncillo y rodeando la cintura un cordón de San Francisco..." En el resto de los sepulcros los cuerpos casi habían desaparecido. Las guerras e invasiones que ha sufrido la ciudad causaron grandes estragos en iglesias y monasterios, especialmente los realizados por las tropas francesas en la guerra de Independencia. En la guerra civil, son elocuentes las fotografías de numerosas momias de religiosos y monjas expuestas en las puertas de las iglesias o en sus interiores. Hoy se puede hablar de unos grupos de momias que permanecen en las criptas de los monasterios, como en los Carmelitas o las del Convento de San Clemente, donde se conservan en la Sala Capitular, las llamadas "Trece Venerables", trece monjas momificadas, perfectamente conservadas, excepto a las que arrancaron algún diente o trocito de carne como reliquia, ya que antes se pensaba que al no corromperse el cuerpo era signo de santidad. Las hay también que pertenecen a personajes famosos, como las de la beata María de Jesús, doña Sancha de Aragón, fundadora de las Comendadoras de Santiago, o la de don Carlos Venero de Leyva, canónigo que restauró la iglesia de San Cipriano y cuyo cadáver se encontraba bajo el altar mayor. Las momias más famosas fueron las de San Román y las de san Andrés. Estas últimas las más conocidas y visitadas por los toledanos, ya que durante años existió la posibilidad de acceso desde una puerta inclinada en la capilla de la Virgen de la Paz. Posteriormente y durante la restauración de la iglesia de san Andrés, fueron objeto de todo tipo de agresiones, llegando incluso a ser arrojadas, algunas de ellas, desde la torre. Sobre estas momias se han vertido multitud de especulaciones, atribuyendo su muerte a pestes o ajusticiamientos, o familiares de los Rojas, ya que esta familia toledana tiene su capilla funeraria. En realidad pueden proceder de alguna "monda" practicada a finales del siglo XVIII, a juzgar por la tipología de los vestidos que alguna de las momias aún conservan. Luis Hurtado en el siglo XVI y Pisa en el XVIII dan escasas referencias de este templo del que dicen "tiene pocas capillas y muchos sepulcros". Al convertirse la iglesia en cementerio parroquial, obligó a reutilizar periódicamente su espacio interior para nuevos enterramientos, lo que ocasionaba extracciones de cadáveres (mondas), que eran depositados en osarios situados en el exterior, junto al ábside o cercano a las puertas. Posiblemente esta costumbre diera nombre al Callejón de los Muertos que bordea el ábside de la capilla mayor de San Andrés. Al no ser posible realizar estos depósitos en osarios exteriores por carecer de espacio material, se debió buscar en las criptas desocupadas el lugar idóneo para depositar los cuerpos. Otra de las teorías que tratan de dar una explicación a este grupo de momias hace referencia a cadáveres del Hospital que existían durante la edad media en las inmediaciones de la parroquia. Momias parecidas a estas había en San Román, y muchos toledanos pudieron verlas antes de que se hiciera el actual Museo de los Concilios y las momias volvieran a ser enterradas en una cripta bajo el altar mayor. Otras muchas aparecieron en el suelo de la iglesia de san Pedro Mártir, iglesia y convento que fue sede de la Inquisición y que se encuentra pegada a la iglesia de san Román. Pese a la fantasía de la gente sobre muertes violentas, todas estas momias deben proceder de limpiezas de algún lugar cercano y debieron ser enterradas cristianamente. Información publicada por: Celia Cevedo
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