Categoria: Ciencia

Explican los estudiosos de las etimologías antiguas que Madrid, del árabe Mah’rit, significa “la de las aguas subterráneas”. Y en efecto, un gran acuífero arenoso se extiende desde la vecina sierra hasta el subsuelo de la capital.

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Historia

Pero decir aguas, equivale a poner en movimiento el inconsciente colectivo del que se ocupó en profundidad Carl-Gustav Jung. ¿Será por eso que cuando Felipe II eligió Madrid justamente por sus aguas concibió simultáneamente un grandioso proyecto de arquitectura arquetípica, el monasterio de El Escorial, en el límite noroeste del acuífero madrileño? Es posible, por otra parte, que el espiritualmente contradictorio monarca (a la vez inquisidor y esoterista) tratase, ya entonces, de dotar de referenciales simbólicos de poder, talismánicos, a su flamante capital. Algunos así lo afirman, pero parece que los poderes fácticos no se lo permitieron. En cualquier caso, ¿tiene sentido hablar de talismanes urbanísticos? Evidentemente, ya que una ciudad es un foco de vida y conciencia colectiva, y es en el inconsciente colectivo donde residen los arquetipos, que pueden ser evocados invocados para bien y, por desgracia, también para mal. Un talismán no es más que una estructura material conectada, en el plano estético y a otros niveles, con ciertos arquetipos, capaz de promover así una reestructuración positiva del inconsciente colectivo.La Cibeles es una de las plazas más conocidas del mundo. Sin embargo, pocos sospechan que podría tratarse de un auténtico mandala a cuyo alrededor se disponen edificios relacionados con los cuatro primeros signos del horóscopo. Y pocos saben también que Carlos III mandó construir cuatro fuentes, la Cibeles entre ellas, dedicadas a los cuatro Elementos, sin que, hasta el momento, se haya identificado la correspondiente al Fuego...Cuatro Elementos... que se quedaron en tres. En el caso de Madrid, al menos en una ocasión se elaboró un proyecto de talismán urbano. Fue bajo el reinado de Carlos III, el único rey de España que protegió a la heterodoxa francmasonería, en muchas de cuyas logias se cultivaba la simbología y el esoterismo. El caso es que apenas iniciado el último cuarto del Siglo de las Luces, el escultor Ventura Rodríguez recibió del rey-alcalde un encargo muy interesante: había que poner en pie en el Prado, tramo inicial del futuro eje norte-sur de Madrid, una serie de fuentes mitológicas consagradas a los Elementos. Se supone que en cabeza iría la fuente del elemento Fuego, seguiría la consagrada a la Tierra, vendría luego la del Aire, y finalmente la de Agua. Pues bien. Nuestro escultor concibió una peculiar fuente en honor a la Tierra identificada con la diosa Cibeles; otra más discreta, elegante y clásica -la de Apolo o de las Cuatro Estaciones-, que evoca el elemento Aire (Apolo era tenido por un dios culto y esteta, como corresponde a ese elemento), y asimismo una tercera que sumerge a quien la contempla en el mundo de las Aguas, personificadas por el dios que las gobierna, Neptuno. Pero, ¿dónde se quedó la fuente del Fuego? Aparentemente nadie lo sabe. Habrá que volver sobre este importante tema. Como tratando de suplir esa ausencia, la fuente de la Tierra, la Cibeles, focaliza la atención de propios y extraños. Monumento emblemático de Madrid, diosa pagana que compite de facto con las vírgenes cristianas (que remiten, en el fondo, a lo mismo), Cibeles simboliza el lado vindicativo de la Naturaleza y de la Tierra, su autodefensa quizá frente a una humanidad que no cesa de agredirla. Cibeles es, pues, una advocación dura y algo inquietante de la deidad femenina de la Tierra llamada Gaia por los helenos, Metragirta -según la leyenda de la fundación de Madrid por Ocno Bianor- por los carpetanos, y de infinidad de maneras por los distintos pueblos del mundo. Procedente de Frigia, adoptada por los griegos y sobre todo por los romanos, tiran de su carro dos humanos convertidos por ella en leones para castigar la irrespetuosidad que mostraron hacia uno de sus templos: Hipómenes y Atalanta. Leones, por lo demás, un tanto caricaturescos... ¿Pretendía con ello el escultor recordarnos su triste procedencia? En todo caso, el masculino y solar signo de Leo aparece aquí al servicio de un poder femenino que no se anda con chiquitas. Pues bien, no sólo toda meditación mandálica constituye una oportunidad para que se configuren acontecimientos sincronísticos reveladores, sino que algunas estructuras mandálicas tienden a formarse o a presentarse “sincronísticamente” tanto en momentos clave de la existencia del individuo, como en el plano colectivo. En este sentido, la ciudad de Madrid puede presentar un ejemplo privilegiado de constitución espontánea de un mandala por curiosos derroteros urbanísticos que no creo puedan justificarse apelando a una planificación consciente. Un mandala urbano: El espacio urbano de la constitución del mandala madrileño es la plaza de Cibeles. Bastan unas elementales nociones de simbología zodiacal para notar la relación del “cuadrante militar” de la plaza (el antiguo Ministerio del Ejército) con Marte y el signo de Aries (que encabeza el círculo zodiacal), la del sólido edificio del Banco de España con el terrenal y economicista Tauro (el segundo signo), la del edificio de Correos –fantasioso y algo ingrávido- con Géminis, el tercer signo del Zodíaco, signo de comunicación e intercambios regido por el alado dios Mercurio, y la del Palacio de los marqueses de Linares –clásico y recogido- con Cáncer, el cuarto signo, cuya psicología, vinculada al Agua, conecta con la familia, con evocadoras sagas y, en general, con el pasado (incluido el histórico). Además, en ese palacio no sólo se desplegó una saga familiar a la que debe su existencia, sino que perteneció durante algún tiempo a la marítima Compañía Transmediterránea y hoy alberga la Casa de las Américas, máxima evocación del pasado histórico de España. Fuente: masalladelaciencia.es
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