Al oír esto, su cara se desencajó sintiendo un escalofrío que le recorría su nuca y poco a poco fue girando su cabeza para averiguar en qué se había convertido la criatura.
Entonces vio algo increíble: la cara del tierno cordero se había transformado en una cara demoníaca. Sus ojos eran rojos, unos ojos que le miraban fijamente. Sus dientes afilados parecían cuchillas.
Fue entonces cuando Bernardo alzó su mano empujando a aquel ser sobrenatural y arrojándolo al camino.
Cuando llegó a casa, tenía el rostro pálido y aterrorizado. No habló durante varios días, hasta que una tarde se decidió a contar lo que le había sucedido, pero las personas del pueblo no le creyeron, incluso algunas le tomaron por loco.
Desde aquella noche Bernardo no volvió a ser el mismo, y dos meses después, el pobre hombre se suicidó tirándose por un acantilado. Y no solo eso, porque su única hija, años más tarde, se suicidó arrojándose por el mismo acantilado, tal y como hizo su padre.
Nunca conoceremos lo que le ocurrió a Bernardo allí arriba, pero hay gente que asegura que lo que vio aquella noche era el mismísimo Diablo.
Pero quizá lo más intrigante de esta historia es que no es una simple leyenda. Os puedo asegurar que ocurrió.
